Qué pesados con lo de bailar sin salir de la baldosa. Quién me iba a decir a mí que un ejercicio tan simple y pasajero se convertiría en el presagio de una vida entera.
Y es que no hay nada que me moleste más que esto: baila, pero no salgas de la baldosa; escribe, pero en este número de palabras y describiendo sólo la acción; enseña, pero no mucho. Cualquier exceso incomoda, molesta, perturba. Y a mí, tanto término medio me deja sedienta, es como si te dejaran hacer las cosas, pero editadas y a medias.
Me salgo de la baldosa cada vez que río a gritos, lleno una casa o la vacío entera. Salgo de la baldosa cada vez que digo: no voy. Salgo de la baldosa cuando en lugar de una copa de vino, me bebo la botella entera y cada vez que quiero a corazón descubierto y sin saber hacer de las tripas corazón ni del corazón una barriga.
El problema es que, a veces, envidio.
Envidio esa suerte de entereza y ese saber estar en el mundo sin levantar sospechas, yéndose a buena hora de las fiestas, o diciendo «ya veremos si voy» cuando quieren decir rotundamente que sí—o rotundamente que no—. Y aunque, para mí, esa gente que sabe hacer eso es la gente más perturbada y sospechosa, me pregunto cuántas cicatrices me hubiera evitado de haber sabido bailar dentro de los límites de la maldita baldosa.
A veces lo intento y me quedo. Y pregunto cómo se llama la perra en lugar de cómo se llama él. Y deseo un buen fin de semana en lugar de proponer un plan de fin de semana. Y programo el curso siguiente en lugar de escaparme a la alta montaña. Y trato de olvidarle en lugar de escribirle.
Nadie ve lo difícil que es quedarse quieta. Nadie sabe cuánto cuesta guardar en las entrañas las ganas hasta amansarlas. No existen vídeos tutoriales ni libros de instrucciones para contener lo que una no quiere contener. Cuánto y cómo cuesta callar, parar y andar sin correr. Es como tener que bailar ballet cuando quieres estar bailando flamenco. Tocar el piano cuando quieres estar tocando el jembé o el saxo. Querer estar encima del escenario y quedarse abajo.
Y lo consigo.
Dibujo los límites y me quedo entre ellos, bailando. Lo consigo para saber elegir si me quedo o me salgo. Y bailo, canto y hasta río a carcajadas, sin que me salga reír gritando. Aunque la mirada me penetre, sigo andando. Aunque escuche la música, bailo en mi cuarto. Aunque canten las sirenas, me agarro al mástil y disfruto de mi resistencia y de su canto.
Y no gano cicatrices, ni por fuera ni por dentro.




