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Divagativa

Dos estaciones atrás

 

Los conflictos geopolíticos siempre perturban mi bienestar en el mundo humano. Hay aspectos de la vida que me resultan fascinantes y otros, sin embargo, intolerables. Pero nunca me habían molestado tanto hasta que afectaron directamente a mis vacaciones. Siempre había dicho que el día que Samanta muriera me iría a Cuba. Era mi manera de reconocer que lo único que me ataba a mi vida actual era ella.

Samanta murió en febrero. Tardé seis meses en decidir irme a Cuba, tal y como me había prometido, sobre todo a mí misma. Lo decidí en cuanto llegó la paga extra del verano. Solamente tenía que vaciar mi cuenta haciendo unos clics por aquí y por allí y asegurarme de que las próximas Navidades las pasaría en bikini. Ese mismo día ya tenía la cuenta casi vacía y un billete de ida y vuelta a Cuba con escala en Miami.

Cuando por fin llegaron las vacaciones de Navidad ya no tenía tantas ganas de volar, cruzar el charco, beber ron cubano y pasar una noche en el aeropuerto esperando no haber olvidado ningún papel. Los americanos odian a los cubanos; yo creo que, en el fondo, como en casi todos los odios, hay bastante envidia. El caso es que a las seis de la mañana ya estaba haciendo cola frente a la ventanilla que debía asegurarme un viaje sin imprevistos ni contratiempos que frustraran el plan que había ideado una Iris dos estaciones atrás.

Revisé por vigesimocuarta vez la carpeta con todos los documentos mientras alguien subía la persiana metálica de la ventanilla. En cuanto vi a la señora dispuesta a atenderme, le di los buenos días e hice como si nada.

—Solo quiero comprobar que tengo todo lo necesario para mi viaje a Cuba.

La señora tardó menos de diez segundos en convertir mi viaje en un problema diplomático.

—Puede ir a Cuba. Lo complicado será volver. Si hace escala en Estados Unidos, no la dejarán entrar y la devolverán a Cuba.

La mujer lo dijo como si fuera habitual comunicar a la gente que sus vacaciones no iban a salir como esperaba. Yo creía estar preparada para cualquier contratiempo, pero no para aquel.

—Pero si tengo los dos visados, el cubano y el americano… ¿De verdad no es suficiente con esto?

—De verdad. Puede quedarse en Miami si quiere y dejar Cuba para otro momento o viajar a Cuba sabiendo que este billete no le permitirá regresar.

Noté un nudo en el estómago. La respiración ya no encontraba salida. El sudor empezó a condensarse en las manos.

—No es mala idea.

Me escuché decirlo con una calma que no sentía.

Irme a Cuba y fingir que me he quedado atrapada allí para no tener que dar explicaciones más auténticas. Irme a Cuba y vivir siempre en verano. Irme de mi pueblo para no volver más que de visita porque he encontrado en otro sitio mi lugar en el mundo.

Guardé la carpeta, entregué el pasaporte y ocupé mi asiento junto a la ventanilla. Cuando el avión despegó, la pista desapareció bajo las nubes. Cerré los ojos mientras el avión ganaba altura. Irme a Cuba y vivir siempre en verano.

 

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